DER KÖNIG KANDAULES.

Estreno del mayor acontecimiento operístico de la Temporada 2015-2016

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Y ese Acontencimiento llegó  el lunes 20, día del estreno para el público que estuvo en la première escénica en España (ya se había dado, en 2005, en versión concierto, en Las Palmas de Gran Canaria y en Santa Cruz de Tenerife), con un impacto único, esplendoroso, abrumadoramente bello.

Cuando tuvimos ocasión de ver la totalidad unida de los elementos de «Der König Kandaules» (música, acción, escenografía, voces, iluminación…) experimentamos la inefable sensación de estar presenciando una verdadera obra maestra.

Baste con echar una ojeada a los títulos de las primeras críticas publicadas: Pulsar sobre cada una de ellas.

«El rey Kandaules, un registro de calidad para un Teatro ambicioso» (Juan J. Roldán, blog Pantalla Sonora);

«El deseo en la mirada» (Andrés Moreno Mengíbar, Diario de Sevilla);

«Un rey para la posteridad» (Ismael G. Cabral, El Correo de Andalucía)…

Y las que vayan apareciendo, estamos seguros. Porque el primer destinatario, el público del estreno, coincidía, a la salida de la función, la práctica totalidad, en el sentimiento de haber sido partícipes de una ocasión excepcional. Estuvimos atentos a comentarios de aficionados exigentes, que expresaban su satisfacción destacando los más variados aspectos.

Una excelente conocedora, asidua al Teatro desde hace muchos años, resaltaba: «Es impresionante la correspondencia que hay entre la música y el contenido de la historia. La música te está contando lo mismo que ven tus ojos, subrayándolo y multiplicándolo». Otra: «Yo había leído el drama de Gide, pero nada que ver con lo que acabamos de escuchar y contemplar». La música suscitaba una admiración general. Y es verdad. Y más aún, con la actuación de la ROSS en el foso: esta ROSS que parece que nunca toca techo… Según parece, hay cierto número (¿bastantes? ¿muchos?) de profesores de la Sinfónica que no simpatizan con el maestro Pedro Halffter; pero, paradójicamente, cuando él los dirige, tocan maravillosamente…

 

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Como escribe Andrés Moreno Mengíbar, «Halffter se recreó en la construcción de atmósferas sonoras de gran belleza tímbrica con la colaboración de una brillante participación de la Sinfónica». Coincidimos con él, y también en que «la atención por la contundencia del sonido orquestal llevó en algunos momentos a tapar a las voces, especialmente cuando éstas estaban situadas en la plataforma superior. Es el único pero que se le puede poner a la puesta en escena, pues perjudica la proyección de las voces; pero en lo demás se trata de una versión de gran calidad, con una muy buena iluminación y con una interesante prospección en las patologías del deseo que centran el argumento de la ópera». Da verdadero placer pensar lo mismo que otros críticos, sea cual sea la relación personal que se tenga con ellos. Más aún cuando vemos que, con palabras distintas, dicen unos lo mismo que otros (sólo difieren en matices).

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Compárese lo anterior con estas frases de Juan José Roldán: «El entusiasmo con el que Halffter ha debido acometer la misión de poner en pie este título en el Maestranza, se tradujo en el foso en toda una acertada exhibición de erotismo y exuberante sensualidad, haciendo posible apreciar todos los vericuetos, matices y líneas expresivas de una partitura sensacional. Para eso la orquesta tuvo naturalmente que empeñarse a fondo, como siempre hace paradójicamente cuando el maestro madrileño se pone al frente. Su dirección fue el principal atractivo de un espectáculo que, no obstante, funcionó en líneas generales a pleno pulmón. Lástima que en algunos pasajes su exceso decibélico llegara a eclipsar las voces, quizás como ya han apuntado otros colegas por el poco afortunado emplazamiento de los personajes a veces en un segundo nivel, con los inconvenientes que esa solución escénica suele tener a efectos de proyección de la voz.

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La música de Zemlinsky se desliza y enrolla con exultante sensualidad como si de una serpiente venenosa se tratara, y a su son se despliegan las voces de un elenco que, con sus más y sus menos, cumplió con algo más que solvencia». De acuerdo, de nuevo.
Con más contundencia, si ello fuera posible, suscribimos esto que escribe Ismael G. Cabral: «Conocíamos grabaciones de la obra, y hasta una vez se ofreció una versión en concierto en el Festival de Canarias. Pero hasta anoche no supimos de la fuerza desgarradora de esta música. Su director musical, Pedro Halffter, compartió hace unos días su convencimiento de que este título pasará a formar parte del repertorio lírico del siglo XX. Hoy concluimos con él en que tiene razón. El Maestranza vuelve esta semana a capitalizar la atención del mundo lírico con el estreno escénico en España de una ópera que estaba ahí, esperando. Es mérito del maestro madrileño, quien compagina estas funciones –que nadie, nadie debería perderse, hay otras dos oportunidades, mañana y el viernes 25– con otro empeño importante, El emperador de la Atlántida, de Viktor Ullmann, en el Teatro Real, y en coproducción con el coliseo sevillano».
No obstante, difiero de mi excelente amigo Ismael G. Cabral en esto que escribe en negritas, si es que lo he entendido bien: «El director de escena, Manfred Scheweigkofler, opta por un erotismo tan mojigato como lo es la mentalidad de Nyssia». Ciertamente, Nyssia no es ninguna Alma Mahler, librepensadora y «libre-amorosa». Pero hay que tener en cuenta dos cosas, me parece: la primera es la fidelidad histórica. Según el relato más antiguo que conocemos, Heródoto señala que las mujeres del reino de Lidia eran de una mentalidad extremadamente fiel y monogámica.

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Y, ya que hemos dicho que la obra es universal e intemporal, también podemos señalar otra razón no «historicista»: el erotismo más profundo es, precisamente, el más poético y delicado. Así lo vio Epicuro, tantas veces malentendido:(no por Ismael, que es una de las personas más cultas que conozco): hay muchísimo más placer, y deseo, en los límites de la insinuación, que en el trazo grueso de lo explícito. No lo dijo con estas palabras, pero es la esencia misma del epicureismo que lo menos erótico que existe es la pornografía.
Y en definitiva, en el fondo, bajo el aparente predominio del patriarcalismo, o del machismo, ¿quién tiene la última palabra aquí? La mujer, Nyssia, que es la que ordena: «¡Mátalo!» («mátalo», no «mátale», como se escribe en el libreto y los sobretítulos, con ese lamentable error linguístico llamado leísmo, que repugna, salvo a los hablantes madrileños y de sus aledaños, a los andaluces, a los castellanos viejos y a todos los hispanoamericanos). Ella es, como Antígona, de la estirpe de los dioses de la Tierra, y no como los varones, pobres retoños de los cambiantes e inestables dioses del Estado). Y ordena que lo mate, por una razón radical, honda, verdadera: porque Kandaules, con su «bondad» y su blandura (que son solo debilidad y vanidad disfrazadas) «ha rasgado mi velo». Su velo: su dignidad. Porque ella no fue consultada para ser vista ‒y poseida‒ por otro hombre: fue tratada como un objeto, y contra eso ella se rebela.

Pero es que, además, hay una hipérbole visual tremenda y excitantemente erótica: tras desnudarse Nyssia y cuando comparten el lecho ella y Gyges, aparece un torrente de vapor blanco que se derrama sobre ambos: ¿cómo no ver ahí ‒es evidente‒ la atrevidísima metáfora de oleadas de esperma?

 

REY KANDAULES

En fin, por no alargarnos infinitamente: los cantantes cumplieron más que de sobras: un dramático y enérgico Martin Gantner, barítono, como Gyges; un magistral Kandaules, en sus dudas y debilidades, fue el tenor Peter Svensson; una muy bella, de rostro y de cuerpo, Nicola Beller Carbone, soprano con excelente afinación y magnífica actriz. Y el resto, entre ellos muchos españoles, mantuvo una altura dignísima.
Para terminar, repetimos las palabras de de Pedro Halffter: «Este título pasará a formar parte del repertorio lírico del siglo XXI»
JOSÉ LUIS LÓPEZ LÓPEZ